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sábado, 28 de febrero de 2009

El error de Descartes

Por Ana María Vara El error de Descartes Por Antonio Damasio
El papel de las emociones en las funciones cognitivas es algo que se conoce, al menos folklóricamente, hace bastante tiempo. "La letra con sangre entra", decían los maestros de comienzos de siglo, justificando sus bastonazos en la observación de que las emociones fuertes pueden contribuir a la memoria. (Claro que no tenían por qué ser crueles: un abrazo o una felicitación funcionan mejor.) La nueva neurobiología viene buscando las bases de esa vieja sabiduría. Con Antonio Damasio, director del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California, llegó el turno de la intuición. Su trabajo demuestra que las decisiones que consideramos más racionales están inextricablemente tejidas con emociones. Eso no parece tan novedoso, es cierto. Lo que sí suena menos previsible es su valoración de este hecho. Damasio cree que está muy bien que así sea. Mejor dicho: que debe ser así. Damasio postula que la razón, para funcionar, requiere de las emociones. Sostiene que si en nuestro razonamiento no intervienen los afectos, es muy probable que nos equivoquemos. ...sa es la tesis que expone en El error de Descartes , una obra cuya primera edición, hace poco más de una década, representó un aporte crucial a los estudios de cerebro. Y cuya reedición implica hoy su consagración como uno de los nuevos clásicos de la neurobiología. Uno de los casos que Damasio analiza con detalle es el de Phineas P. Gage, jefe de cuadrilla en la construcción de los ferrocarriles en Nueva Inglaterra, víctima en 1848 de un accidente muy particular. Como resultado de una explosión inesperada, una barra de acero atravesó por completo su cabeza al entrar por un ojo y salir por la parte superior del cráneo. Espeluznante. Pero también revelador. Gracias a los cuidados de su médico, Gage sobrevive a la infección, y a la pérdida de masa encefálica: en menos de dos meses, está en condiciones de volver a trabajar. Habla y camina normalmente. Su único problema físico es la pérdida de visión del ojo izquierdo; por lo demás, parece completamente recuperado. "Pero Gage ya no era Gage", escribió su médico. Un hombre equilibrado, trabajador y ambicioso se había convertido en alguien brusco, intolerante, despreocupado por los intereses de los demás. Según su médico, había perdido "el equilibrio o balance, por así decir, entre su facultad intelectual y sus propensiones animales". Se quedó sin trabajo, se convirtió en fenómeno de circo, viajó por América del Sur -fue conductor de diligencia en Santiago y Valparaíso-, y murió a los 38 años, en California, tras padecer convulsiones de tipo epiléptico. Casi un siglo y medio después, el caso Gage, abundantemente documentado, fue retomado por Hanna Damasio, de la Universidad de Iowa (sí, la esposa del autor). Junto con un grupo de colaboradores, logró demostrar que el cambio de conducta de Gage se debió a una lesión en la corteza prefrontal, "lo que comprometió su capacidad de planificar para el futuro, de conducirse según las reglas de acción que previamente había aprendido", según la descripción del autor. Gage no había perdido el razonamiento abstracto; lo que había resultado afectado tenía que ver con su capacidad para moverse en el medio social, para relacionarse con los otros. Este ejemplo extremo es apenas uno de los "pacientes" -más de 2000- que Damasio analizó para determinar de qué manera las emociones son parte integral de nuestra capacidad de razonar. Sus investigaciones confirmaron que, cuando ciertas funciones cerebrales relacionadas con los afectos son suprimidas por lesiones o enfermedades, pensamos con menos claridad que cuando, en el otro extremo, nos dejamos llevar por nuestras pasiones. Su propuesta, entonces, cuestiona aquello del Cogito, ergo sum cartesiano: que la mente puede prescindir del cuerpo. ...sa es la equivocación del francés a que alude el título del libro. El autor propone pensar la mente como un emergente del cuerpo, aun en sus funciones más abstractas. Sostiene que "el sistema de razonamiento se desarrolló como una extensión del sistema emocional automático, en el que las emociones cumplían distintas funciones en el proceso de funcionamiento". Por eso no es posible -ni saludable- separar los afectos de las ideas. Su modelo se apoya en un concepto clave: el de los "marcadores somáticos". Cuando tenemos una experiencia, la memoria asocia a ésta determinado estado físico. Para imaginarnos de qué está hablando, podemos pensar en el polígrafo o "detector de mentiras", que mide variaciones en nuestro cuerpo -como frecuencia cardíaca o respiratoria, cambios en la conductividad eléctrica de la piel- asociados al estrés que provoca mentir. De la misma manera, quedan guardados el recuerdo de una situación y sus consecuencias, en la forma de un aprendizaje que tiene un componente mental y uno físico. Cuando más adelante debemos tomar una decisión, resurgen las emociones asociadas a esa situación, como un "sentimiento visceral" que podemos detectar o de indicadores que escapan a nuestra conciencia. Esto no quiere decir que las emociones decidan por nosotros. Con frecuencia, intervienen indicando qué elementos pueden ser relevantes y cuáles no, eliminando así una cantidad de variables que complejizarían innecesariamente el problema y postergarían peligrosamente la decisión. Los marcadores somáticos también nos ayudan a mantener presente la información relevante o a darle más importancia a cierta premisa de nuestro razonamiento. Es decir, no reemplazan el razonamiento abstracto: lo complementan. En este sentido, destaca Damasio, "las emociones tienen una importante función que cumplir en la intuición, ese rápido proceso cognitivo en el que llegamos a una conclusión concreta sin consideración de todos los pasos anteriores". ¿Aprender por experiencia? De eso se trata. ¿Basta ya de la separación mente-cuerpo? También. Tras argumentar a favor de su propuesta, Damasio se atreve a explorar algunas de las consecuencias que "el error de Descartes" implica para nuestra ciencia y nuestra cultura. Sostiene, por ejemplo, que el interés por las medicinas alternativas, en particular las tradicionales como la china, representa una respuesta a la parcelación del organismo en saberes expertos que no pueden concebir su funcionamiento sistémico. Apenas una de las muchas líneas de reflexión que se abren a partir del sugestivo trabajo de Damasio.

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